«Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo»

EVANGELIO DE HOY Juan (1,29-34):

Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo.” Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua para que sea manifestado a Israel.»

Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado el Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.” Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»

PARA VIVIR LA PALABRA:

Esta es la primera vez que se aplica a Jesús el título de “Cordero de Dios.” Los judíos estaban familiarizados con los sacrificios de los corderos con distintos fines religiosos: propiciación por los pecados, acción de gracias por las cosechas, y sobre todo el cordero pascual cuyo sacrificio recordaba la salida de Egipto y cuantas gracias había otorgado Dios al pueblo elegido desde su liberación de la esclavitud de Egipto. Estos corderos no quitaban el pecado.

El “Cordero de Dios” será el verdadero Cordero Pascual, inmolado en la cruz para redimir al hombre del pecado Jn 19,36. Este sí “quita el pecado del mundo.” El pecado principal es negarse a reconocer a Cristo como el enviado del Padre: “Si yo no hubiera venido y no les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa de su pecado” Jn 15,22. Esta afirmación de Juan debió chirrear en los oídos de los escribas venidos de Jerusalén, sonando a blasfemia. Por eso Juan prosigue su testimonio: «He contemplado el Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él… ” Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»

Juan Pablo II nos ofrece este testimonio sobre el Cordero: “Él mismo era el Cordero esperado, el verdadero, como lo había anunciado Juan Bautista al inicio del ministerio público de Jesús: “He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). Y él mismo es el verdadero templo, el templo vivo, en el que habita Dios, y en el que nosotros podemos encontrarnos con Dios y adorarlo. Su sangre, el amor de Aquel que es al mismo tiempo Hijo de Dios y verdadero hombre, uno de nosotros, esa sangre sí puede salvar. Su amor, el amor con el que él se entrega libremente por nosotros, es lo que nos salva. El gesto nostálgico, en cierto sentido sin eficacia, de la inmolación del cordero inocente e inmaculado encontró respuesta en Aquel que se convirtió para nosotros al mismo tiempo en Cordero y Templo.

Así, en el centro de la nueva Pascua de Jesús se encontraba la cruz. De ella procedía el nuevo don traído por él. Y así la cruz permanece siempre en la santa Eucaristía, en la que podemos celebrar con los Apóstoles a lo largo de los siglos la nueva Pascua. De la cruz de Cristo procede el don. “Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente”.

Ahora él nos la ofrece a nosotros. El haggadah pascual, la conmemoración de la acción salvífica de Dios, se ha convertido en memoria de la cruz y de la resurrección de Cristo, una memoria que no es un mero recuerdo del pasado, sino que nos atrae hacia la presencia del amor de Cristo. Así, la berakha, la oración de bendición y de acción de gracias de Israel, se ha convertido en nuestra celebración eucarística, en la que el Señor bendice nuestros dones, el pan y el vino, para entregarse en ellos a sí mismo.”

Que tengas un día feliz iluminado por la luz de la Palabra